Portada: Manuel Rodríguez en Zero. Foto de Nerea Coll – Brava Estudio
12 de octubre de 2025
Este otoño recién estrenado he podido disfrutar de una parte de la programación de Bucles, ese festival que navega entre la danza y sus numerosas encarnaciones. Me gusta el ímpetu que pone Isabela Alfaro, rodeada de un muy buen equipo, en sacar adelante una programación, cada vez más expandida, que se atreve con muchos frentes, siempre buscando colaboraciones (¡aliarse o morir!) y retos que conforman un mapa singular dentro de la programación de Valencia y su área metropolitana.
La primera parada fue en Espacio Inestable para ver qué jugo había sacado Inka Romaní de su participación en (el tan necesario programa) Graners de Creació. Llegaba con el recuerdo aun fresco de ese Fandango Reloaded que tanto está haciendo vibrar al público más diverso, desde Manresa a Berlín. Volvamos al baile estira la investigación de Fandango, parece que Romaní quedó poseída por un veneno que le impulsa a seguir ahondando en ese baile de su pueblo, Ayora.

Imagen: Sofía Maza
En la primera parte nos cuenta una historia; bueno, no, varias: sobre la gimnasia y el movimiento de la sección femenina del régimen franquista y sobre las peripecias de las reliquias de Santa Teresa de Jesús. La narración es chisposa, entre socarrona y sarcástica, pero en esta primera tentativa con público se percibe que todavía está perfilando lo que finalmente será. En la segunda parte va al hueso de su hipótesis, al baile. Ahí es donde muerde de nuevo la chicha de su trabajo reciente, la danza de ‘entonces’ que traspasa su cuerpo de ‘ahora’ para llegar a ser algo nuevo. Con él atraviesa un lugar de aventura, energético, vital, con el que rinde homenaje y crea una materia diferente, sensible. Esta pieza crece acompañada de un proceso de mediación en el que Inka Romaní ha invitado a participar a mujeres mayores de 65 años para que compartan su memoria corporal, la de los años en dictadura. Así que, poniendo su mirada en la opresión y los dictados del franquismo sobre los cuerpos femeninos, la creadora quiere llegar (y llevarnos con ella) a un lugar de libertad, de homenaje y, también, se nota, de felicidad y gozo.
El cuerpo en Pluto
Los de Pluto llevan ya cuatro años ensanchando la cultura y la creatividad en Valencia gracias a un espacio multifuncional y conceptualmente moderno. Entre sus paredes fabriles crece ahora en este lado del Turia una oferta alternativa, variada y casi siempre arriesgada. Ahondaré en ella en otro post, porque de lo que quiero hablar ahora es de Zero, el solo que Manuel Rodríguez presentó en una de sus salas.
Hace justo una semana que la ‘vi’ pero aún me conmueve el recuerdo de un cuerpo extendido, retorcido, estirado y misterioso. La cercanía con el público hace sentir mucho más fuerte el aliento que deja su creador, concentrado en una coreografía que percibes extremadamente íntima. Como un desnudo emocional acompañado de gestos que aportan extrañeza y poesía. Gotearse con un líquido azul, llenar de agua el hueco de un espejo; retorcerse, hacer pequeños movimientos, gorgotear, dibujar con las manos en el aire y, finalmente, girar llenando el espacio con un cuerpo sinuoso y evocador. Acompañado por una música grave pero no solemne, por sonidos y silencios, rodeado a tres bandas por el centenar de personas que pudimos verlo, arropado por un espacio antes hostil y ahora entregado al arte, Manuel Rodríguez mordisqueó nuestras sensibilidades.

Foto de Nerea Coll – Brava Estudio
Una fauna flamenca
Lo de Laila Tafur en La Mutant invocando a seres flamencos, vedettes y divas pop resultó un hallazgo. En la entrevista previa a la función de Maja y Bastarda (puedes leerla aquí) me habló extensamente del proceso de creación de este solo ‘Frankenstein’, un trabajo largo en el que ha buscado, pero durante el cual también ha ido encontrando. Alejada del flamenco en su carrera, este se materializa aquí a través de la música, de una gestualidad híbrida, de unos dejes bastardos y de un ‘aroma’ que desprende osadía. No solo vi ‘en el aire’ ese lado flamenco claro. Tafur paseó al fauno de Nijinsky, escrutó en danzas boleras, anduvo por el folclore, por la jota, se recreó en el cabaret y desplegó su código en todo ello, su cuerpo se multiplicó hasta llegar a mostrar los gestos y pasos de una intérprete contaminada, híbrida, a veces etérea y muy sorprendente con la coreografía, inagotables las formas, con el vestuario, la música, también mezcla, potaje, sustancia. Puro alimento. Durante la pieza nos va haciendo entrar en diferentes mundos, partes marcadas por el cambio de vestuario, y vamos por ellos hasta que, pum, se acaba la música y comienza la voz, la suya. Este cambio me sacó del confort, del río por el que estaba navegando, me orilló en un lugar en el que no me apetecía estar en ese momento, pero he de reconocer que aportó un final coherente en la propuesta.

Foto de Nerea Coll – Brava Estudio
Eyas en otra dimensión
Lo de Eyas Dance es arriesgado. Podrían vivir de estirar su marcado estilo vigoroso, cool, atlético. Pero en cada nueva pieza dan un paso hacia terrenos desconocidos, como han demostrado con instalaciones, performances sonoras, visuales y coreográficas. En La Rambleta presentaron Mare Venus, pieza que ha pasado también por Graners de Creació. Con ella se van de exploración al mundo de las invocaciones, de los ciclos de la naturaleza, del amor, lo femenino, la ecología o las fuerzas naturales y su influjo en las personas. Sus cinco intérpretes están en sintonía, materializan la fortaleza del conjunto, pero la coreografía decae en los momentos de ritual. El círculo, la intimidad que genera, está muy presente, demasiado para conseguir escenas más diversas. Gana el conjunto cuando explota el movimiento, cuando los cuerpos buscan la tierra más que cielo. Los efectos visuales son sorprendentes, meten al público en la pieza, lo envuelven y elevan la propuesta de nivel. Si la banda sonora y la coreografía tuvieran más derivaciones, Mare Venus ganaría en contundencia escénica.

Foto de Nerea Coll – Brava Estudio
Ha habido mucho más de lo que yo he podido disfrutar en esta recién acabada edición de Bucles, incluido un certamen coreográfico que ha premiado a Irene de la Rosa, Jessica Castellón, Kiko López, Meraki Cia y Raquel Castelló. Mostrando la danza de otras latitudes, pero apostando fuerte por la cantera, el festival valenciano se ha convertido en uno de los imprescindibles de la temporada.
