Foto de portada Denise Guerra

2 de diciembre 2021

Conocemos muchos detalles de su intensa biografía. Nos la contó Icíar Bollaín en Yuli, la reciente película sobre la dura infancia, los sueños y los titubeos adolescentes de Carlos Acosta, quien se convertiría en estrella mundial del ballet. Él mismo había escrito sobre todo ello en el libro No way home: a Cuban dancer’s story, en 2007. Una extensa gira por teatros de todo el país permite ahora acercarnos a su proyecto más personal, Acosta Danza, compañía con la que desde hace seis años apuesta por apoyar el talento cubano. Este fin de semana (días 3 y 4) representan un programa mixto en la Factoria Cultural de Terrassa, una de las pocas ocasiones en que se puede ver en el escenario al bailarín cubano más famoso del mundo.

Acosta (La Habana, 1973) es una persona incombustible que mantiene en activo muchos de sus intereses. Permaneció en los escenarios durante casi 30 años con el English National Ballet primero, en el Royal Ballet después -institución que fue su casa y donde llegó a ser Primer Bailarín-, y con algunas de las compañías de ballet más prestigiosas del mundo como bailarín invitado. Escribió el libro mencionado arriba, se interpretó a sí mismo en la película de Bollaín; mantiene desde 2011 un proyecto social de apoyo a jóvenes talentos de la danza de su país a través de su International Dance Foundation. Dirige, además, el Birminghan Royal Ballet desde 2020 y Acosta Danza desde 2015. Mantiene intacto ese espíritu perseverante y luchador que le llevó al estrellato en los 90, con el que consiguió que por primera vez algunos de los principales roles del ballet fueran interpretados por un mulato. Con motivo de las protestas que en julio pasado sacaron a los cubanos a la calle y la desproporcionada respuesta militar y policial, transmitió a través de redes sociales su rechazo a la violencia, «no es delito aspirar a un país mejor (…) El pueblo de Cuba merece ser escuchado», afirmaba.

Para hablar algo más de danza, Acosta ha respondido a mis preguntas en una de las salas de la Factoria, teatro donde mañana y pasado su compañía representa un programa de cuatro coreografías que pretende “reflejar la esencia de lo que somos como país”. Él mismo interpreta el dueto Mermaid, de Sidi Larbi Cherkaoui, junto a Liliana Menéndez. Se trata de uno de los reclamos de la noche, ya que solo baila en dos de las paradas de su gira por España.

¿Qué posición ocupa su compañía en el consolidado panorama de danza cubano?

En Cuba hay espacio para todos. Las dos compañías insignia son el Ballet Nacional de Cuba y Danza Contemporánea de Cuba, cada una en un polo opuesto. Nuestro proyecto se sitúa en el medio, porque hacemos danza contemporánea, pero nos ponemos puntas, podemos bailar neoclásico. Nuestra oferta es más fresca, está conectada con las nuevas tendencias contemporáneas mundiales, tiene una cuidada factura tanto en iluminación como en vestuario y escenografía. Todo ello nos hace diferentes al resto de compañías de contemporáneo del país. Mi conexión con muchos teatros del mundo en los que he bailado me ha permitido anclar el proyecto en Reino Unido, donde tenemos apoyo del Sadler’s Wells o de la Royal Opera House.

En estos seis años hemos dado la vuelta al mundo, hemos ido a lugares donde casi no se ha visto danza cubana como Polonia, Noruega, Singapur, China, Estambul… ahora mismitico, recién salidos de la pandemia, estamos siete semanas de gira por España, algo que es trascendental para nosotros. Hay mucho interés en ver a la compañía, eso demuestra todo lo que hemos trabajado y logrado con el enfoque que dado a la compañía.

Una de las piezas que se puede ver en la Factoria Cultural de Terrassa

¿Existe una manera cubana de bailar?

Es difícil decir si hay una manera especifica… La danza es parte de nosotros, caminamos con una cadencia que es casi danza… o la forma en que gesticulamos. Estamos rodeados de música constantemente. En nuestra historia se mezcla la cultura africana, la española, de todo eso viene una riqueza musical y danzaria que hace que se nos de bien. Toda la gama de ritmos de nuestra cultura se mezcló con el ballet europeo cuando se empezó a introducir en la isla y en los años 40 nació esa metodología de los Alonso que tantas estrellas y generaciones ha lanzado al mundo. Es muy difícil decir cual es el tipo de danza cubana porque es una combinación que ha ido enriqueciendo el contemporáneo o el clásico.

Dentro de ese sincretismo que se da en el baile, ¿hay características propias que lo beneficien y otras que lo lastren?

La forma de expresarnos es muy característica. El caribeño se muestra extrovertido, hacia fuera. Convivimos con el sol, en un eterno verano prácticamente. Eso afecta al individuo, que se expresa distinto a quien ha crecido en otras condiciones. Esa parte extrovertida hace que la conexión con la música sea profunda. No quiero decir que nos llegue más que a otras personas de otra latitud, pero si que tenemos esa alegría por bailar, allá donde vamos hay muestras de efusividad y eso tiene que ver con el calor con el que nos mostramos y bailamos.

Vive a caballo entre Reino Unido y Cuba, ¿cómo gestiona ese trasiego entre dos lugares tan diferentes?

Es algo que no ha empezado ahora. Esa ha sido mi vida, empecé en el English National Ballet con 18 años, regresé a Cuba, volví a Gran Bretaña, después estuve en Houston, en Chicago… He vivido siempre así y como individuo me he enriquecido de la información constante recibida de ingleses, americanos o rusos, más la forma y la base que tenia de la escuela cubana. Con 13 años fui casi desterrado de La Habana a Pinar del Rio para acabar mis estudios con una beca; ese momento marcó lo que seria mi futuro, el de un peregrino con una mochila de un lado a otro intentado cultivar mi arte.

Como estrella de la danza, ¿qué responsabilidad siente hacia este arte?

La de preservarlo y hacerlo evolucionar. Algún día todos vamos a desaparecer, pero lo que me motiva es tratar de pasar todo el conocimiento adquirido en mi carrera para impactar en el mundo y en la danza de forma positiva para que siga evolucionando. Los artistas tenemos la gran responsabilidad de traspasar lo que hemos aprendido de generaciones anteriores. Hay algunas transiciones que solo se dan de individuo a individuo, de energía a energía, es importante que generaciones como la mía ayuden a ello.

Acosta Danza

La Factoria Cultural