25 octubre 2020

Alfonso Amador buscaba en la huerta un lugar para desconectar del cine, en el que trabaja como director y guionista tanto de documentales como de ficción. En los campos de Alboraya conoció a la familia Ramón, dedicada al cultivo y recolección de la chufa. Durante una año y medio se mantuvo junto a Antonio y su hija Inma grabando las tareas agrícolas y, a la vez, recogiendo con su cámara una forma de pensar y vivir en peligro de desaparición. Obsesionado con el rostro de Antonio, su película, sin voz en off, retrata una filosofía de vida repleta de amor a la tierra, resistente a los embates de la globalización y al abandono de la política. Recién estrenada en la edición online del Sheffield Doc/Fest (Inglaterra), Camagroga, apodo de la familia protagonista, se presenta hoy por primera vez en pantalla grande en la Mostra de Valencia.

¿Elegiste este proyecto o la historia te eligió a ti?

Hay proyectos que me sobrevienen y, sin duda, este me eligió a mi. Hacer cine esta lleno de ironías. Fui con un amigo a buscar una parcela, un huerto donde cultivar hortalizas y verduras para desconectar del cine, que me trae muchos sinsabores. Había tenido un par de cancelaciones de proyectos a punto de ser rodados y busqué el campo para no pensar. Este amigo me preguntaba si no haría algo en la huerta y yo le decía que lo que quería, precisamente, era no encuadrar. Pero conocí a Antonio, que alquila parte de sus tierras para urbanitas como yo, me sedujo desde el primer momento y acabó pasando Camagroga. No quería hacer una película pero no pude contenerme, tenía que filmar a Antonio.

¿Qué sabías sobre la huerta antes de la película?

Muy poco. Soy madrileño criado en Valencia. Volví a Madrid y pasé allí muchos años antes de regresar a Valencia. En mi infancia la huerta era ese espacio de tierra medio cutre que se veía cuando volvías de la playa, no tenía una noción clara de lo que era y así se vivía también en la ciudad. Ha sido un descubrimiento tardío. Ahora sé mucho más.

¿Cómo decidiste poner la cámara allí?

Desde el principio me gustó mucho Antonio, su amor por la tierra. Me sorprendió que pese a trabajarla toda su vida le tuviera ese cariño. Eso fue lo primero que pensé. Como yo iba una o dos veces por semana al huerto que nos había alquilado, la relación se fue extendiendo y le oí hablar de mil historias. Pero cuando supe que su estrategia frente a las grande superficies era tener pocos clientes, hacer un producto de calidad, aunque fuera mas caro, ser libre, vi que tenía una posición clara respecto a lo que pasa con la globalización y me interesó aun más. Cuando me dijo que pese a que los campos son suyos la tierra no pensé que tenía que hacer una película sobre él.

Has dicho que querías hacer un film sobre “la transmisión de conocimiento, sobre una familia que va a llevar a cabo un relevo”, en referencia al traspaso de tareas que Antonio, labrador toda su vida, hace a su hija Inma, quien ha decidido seguir con el trabajo del padre. Pero a esta trama central se suma la de la amenaza que hay sobre la huerta, reflejada con el derribo del Forn de Barraca hace ahora un año.

Si, es así y eso me gusta del proceso de la película. Todo eso sale porque estaba ahí, porque tenía que salir, pero no hubo predeterminación por mi parte. Cuando me puse a filmar una de las cosas que quería era hacerlo solo por amor, por gusto, y lo que me gustaba era la cara de Antonio, sus arrugas, como manejaba la azada, quería filmar el ritmo de su trabajo, el de las plantas. Los proyectos me los planteo política y críticamente desde el principio, pero en ese momento solo quería filmar lo que me apetecía, mantener eso en primer término sabiendo que lo otro entraría pero sin saber de qué manera lo haría. La película está en esa linea pero no tenía eso como objetivo, quería disfrutar.

Sin estar hablando de ello específicamente, el gesto simple de filmar a esa gente ya es político, porque hay que tener cierta mirada para decir «voy a filmar a los de la chufa», que no son cool ni trendy. Así que permanecí fiel a la cara de Antonio pero no soslayé lo demás. De las manifestaciones contra el derribo del Forn de Barraca estaba al tanto y fui a filmar, pero después volvía a grabar a Antonio.

Parece que los Ramón una vida muy austera, de sacrifico, trabajo, concentración. ¿Eran igual delante que detrás de la cámara?

Si, son así, de una normalidad y una franqueza increíble. Muy normales, más bien introvertidos. Antonio tiene su propio mundo, es un pesimista antropológico, siempre desvelado por si la cosecha no sale bien, muy fatalista.

¿Te costó convencerles para grabarles?

Yo llevaba ya dos años de relación con ellos porque iba al huerto, que está al lado del suyo, les decía que iba a hacer una película. Un día aparecí con la cámara y empecé a filmar y no pasó nada, fue así hasta el final. Me había impuesto no intervenir para nada, aunque perdiera movimiento. Me gustaba la idea de que estábamos trabajando los tres. Yo con mi cámara y ellos con lo suyo.

Saben que el suyo es un trabajo difícil, pero a la vez reconocen que es uno de los mejores que hay.

Durante el rodaje había labores puntuales en las que yo les ayudaba, me iba a trabajar con ellos. Durante los almuerzos, que son sagrados, se quejaban de lo mal pagado que está el producto, de lo duro que es, pero a la vez, siempre estaban hablando de la tierra, de cómo hacerlo mejor,… ahí se ve que es lo suyo. A Antonio la tierra, el aire, tocar las semillas, todo eso le enorgullece.

Inma, la hija de Antonio, también protagonista, ¿Ha heredado cosas de su padre? 

Es un misterio para mí, el personaje y el proceso de conocimiento que se ve en la película es parecido. Sé poco de ella, estudió pero lo que le gusta es el campo y está decidida a seguir con las tierras de la familia. Le gusta estar al aire libre, pero a su trabajo hay que sumarle su papel de madre, tiene tres hijos.

Durante el rodaje, ¿Ibas tu solo con la cámara?

Si, sabíamos que nos metíamos en un rodaje largo y yo iba a grabar sin saber bien que saldría. Imagínate tener un cámara y un sonidista a mi disposición un año y medio. Cuando la cosa empezó a tomar forma, si hubo momentos concretos en que vinieron.

El documental recoge como Marc, el hijo de Inma y nieto de Antonio, graba una película sobre su abuelo.

Cuando conocí a Marc, durante la primera quema de tierra para la siembre que filmé, él estaba con una cámara. Me contó que estaba grabando para la escuela una película sobre el trabajo de su abuelo; estaba haciendo lo mismo que yo. Era fantástico, parecía que estuviera escrito, pero no lo estaba. Yo le ayudé en algunas cosas y le hice de montador, pero con ocho años que tenía entonces tomaba unas decisiones de montaje muy buenas.

¿Cuál fue el último día que grabaste?

Coincidió con el final de la película. Quería acabar con una quema en ese campo, tal y como había empezado, pero ese año se retrasó por las condiciones del clima y se postergó hasta enero. Pero además, se dio la ironía de que en su día me habían invitado a una paella en el Forn de Barraca con la colla de amigos de Antonio. Fue cuando me contaron que había un plan para derruirlo. Cuando ya estaba con el montaje me enteré que lo iban a tirar, entonces paré porque tenía que grabar eso. Para la dramaturgia de la película tenía que estar, era un epílogo, iban a acabar con ese sitio en el que había estado. Saqué de nuevo la cámara. Los últimos planos que grabé fueron los de la destrucción del Forn, en octubre de 2019.

¿La familia ha visto la película en cine?

Desde el principio yo sabía que no haría nada con lo que ellos no estuvieran de acuerdo, así que cuando tuve un corte final fui a su casa y se la enseñé. Saben lo que hay pero no la han visto en pantalla grande. Me estoy peleando para que vengan estos días pero no les apetece mucho el sarao. Yo les digo que será un momento hermoso, pero…

Camagroga

Cines Babel, Valencia

25 de octubre a las 16 h. / 29 de octubre a las 20 h.

Charla posterior con Alfonso Amador y Xavi Crespo ambos días